“Who’s the black private dick that's a sex machine to all the chicks?”
Lo más natural, lo que dictan los instintos (sepas o no sepas inglés, conozcas o no la tonada) es gritar:
“Shaft!”
Todos los aficionados a los Simpsons recordarán esto:
Así que al escuchar este disco de versiones del tema de Shaft y siguiendo el ejemplo de Lisa Simpson, recordemos gritar el nombre del más importante súper héroe negro del cine en los setenta, al menos el más representativo de lo que se conoció como el blaxploitation: filmes que reflejan a la comunidad negra y su situación marginal. Esto último, aunque suene muy bonito, es en realidad el equivalente de las inolvidables películas de Alfonso Zayas y Angélica Chain, donde se da cuenta de la deplorable situación de las multitudes ágrafas. La primera versión de Shaft (1971) además de ser un excelente compendio de lugares comunes, y la creación del entrañable personaje interpretado por Richard Roundtree nos ofrece una de las mejores rolas que se han hecho para una película.
The chosen few
Es cierto, no soy Shaft, soy, a duras penas, el pinche Paso Sabroso, pero… ¡Ay! ¡Cómo me parezco! No se rían, mejor déjense el afro; luzcan pantalones acampanados; comiencen a bailar al ritmo de unas cortas distorsiones de guitarras eléctricas y siguiendo la pauta de los platillos imiten, con delicados movimientos de cadera, el acto de apareamiento.
Funkemos; reconozcamos el estilo de estos morenazos; miremos la esencia de un Harlem que bien podría ser la Buenos Aires e imaginemos que, en vez de chiquitas emos, hay una Pam Grier (musa indiscutible del blaxploitation, que vimos ya muy cascada en Jackie Brown); también debemos cargar música para que, a cambio de las cumbias y el reggaeton característicos, escuchemos el tema de Shaft.
Ya puedo ver a cada uno de los John Shafts que soportan lo que escribo cada semana, escuchando la versión que más les guste de este compilado en su reproductor portátil y caminando con un paso altivo, acompasado, casi bailando sobre la acera.
Hermanos, les pido ponerse de pie que la ceremonia litúrgica ha comenzado…
Todo está listo, el coro es dirigido por una profanadora y cocainómana Mary Poppins…
What I See
La banda del coro se encuentra jammeando; unos ligeros chispoteos de guitarra, un par de voces celestiales, la batería nos sorprende con un estrepitoso despedorre sonoro y hemos sido salvados. Mr.Yisus está con nosotros…
Abajo, en el altar, el reverendo Byrne hace de las suyas persiguiendo monjas frente al señor de las últimas cosas.
Esta misa no se lleva acabo en una iglesia cualquiera, no señor, estamos de pie sobre el lomo de una gran orca, preparados para ser bautizados por el inmenso chorro de su respiración.
Como salido de un trailer hollywoodense, un camello en una terraza anuncia el gran estreno de Wilco (The Album). Hay que decirlo, la portada y el paródico título son atinados, ciertamente existe una relación inducida entre los road trips de ensueño y la Americana, a la que apela Wilco. Desafortunadamente lo que inspira la portada no siempre corresponde a lo que se encontrará en el disco y éste es una muestra de eso.
Personalmente disfruto mucho más otras producciones de la banda, como Mermaid Avenue en el que, junto con Billy Bragg, musicalizaron canciones de Woodie Guthrie; y el consentido de los fanáticos, el Yankee Hotel Foxtrot. Debo decir que en esta nueva entrega encuentro mucho más cursilería que atrevimientos y mucho más letargo en sus canciones. No me gusta. En cambio, sí me es posible reconocer que tiene destellos perfectos para perfilar en el soundtrack de alguna serie de televisión como Nip Tuck o Grey´s Anatomy: hay algo ahí que está de súper moda. No sé si eso sea bueno o malo, de hecho esas series se caracterizan por lograr buenas bandas sonoras; me limito a opinar que, aisladamente, aquí encontrarán dos que tres momentos ideales para musicalizar una de esas frívolas y sangrientas cirugías.
Wilco (The album) tiene destellos de maravillas como la participación con Feist, pero también tiene muchos refritos de figuras que ya escuchamos demasiado en los noventa. En general me pareció aburrido y poco inspirador, así es que, sin más, lo dejo para que sea juzgado.
Nota: La omisión de canciones en este post es una decisión personal.
Coloqué los audífonos en mis oídos mientras caminaba y a la siguiente cuadra me percate que tomé un paso como de pantalón acampanado, - ¡esto me está gustando! - dije. Subí el volumen. Mi hombro empezaba a dar brinquitos por sí mismo y mi andar aceleró. Más volumen. Escuchaba un Wah incesante, sí, ese efecto de guitarra y teclados que te hace mover la cabeza atrás y adelante. De pronto, el oído izquierdo pidió tregua. El volumen había llegado a peligrosas consecuencias.
El francés Chris Joss sabe bien de qué hablo. Este multi-instrumentista para quien, según sus palabras, “el jam fue su escuela”, aprendió que tocar y mezclar con audífonos a volúmenes altos y por largos ratos, no deja otra cosa que Tinnitus e Hiperacusia, es decir, zumbido y dolor en los oídos. Es una lástima, Chris Joss no puede tocar en vivo.
Pero cómo no subirle al súbito guitarreo de Table of Contents, rola que como su nombre lo dice nos da la bienvenida al disco Dr. Rhythm (2002). Sí, una cita a oscultarse con el “Doctor Ritmo” entre flangers y Rhodes.
Dada su lesión auditiva, Joss eligió el camino de la ardua grabación en casa y al apego a las posibilidades que los plugins, los multisamples y el mismo Atari ofrecen. Su música es convivencia de instrumentos “reales” con el inmenso océano de oportunidades que brinda un ordenador; una base rítmica apegada al funk y melodías que remontan a sonidos pop de los 60’s y 70’s. Un deleite para quienes gustan de levantar los talones.
Las citas con el médico siguieron para Joss, pero no con el “Doctor Ritmo”. Tropieza, cae y rueda por las escaleras de su estudio, el resultado: el codo derecho roto. Chris pierde flexibilidad en el brazo y para su disco Teraphonic Overdubs (2008) introduce más elementos electrónicos que reemplacen a la batería que no puede tocar. I Want Freedom es un riesgo al bailar, contiene la dosis adecuada de libertinaje para que uno pueda tropezar.
El sonido de Chris Joss me recuerda ese caché para caminar decidido, moviendo la cadera con balanceo adecuado. Y al parecer no soy el único que percibe esa sensualidad ya que el músico francés fue invitado a participar en el documental “Inside Deep Throat”, trabajando con el score original de la mítica película porno.
En Sticks (2009), su más reciente LP introduce nuevos instrumentos a su repertorio: el contrabajo, el sitar, la flauta y las congas reafirman el gran trabajo de producción que Joss realiza en grabación y mezcla. Sonidos por doquier que ponen la oreja a brincar.
¿Y cuál es el colmo de Joss? Parece que los audífonos siguen al francés; Nokia decidió incluir precargado en 3 millones de celulares el video de “Discoteque Dancing” del álbum You've Been Spiked. Así que, tarde o temprano uno se encontrará subiéndole al ritmo, en cita con el “Doctor Ritmo”.
En creole, lengua hablada en zonas de Haití y Cabo Verde, entre muchas otras, Mayra Andrade canta una mezcla de descarga vudú y calma portuguesa. Considerada por muchos como exponente del jazz, la multi-regional Andrade leva anclas entre teorías políticas de baile y felicidad, carambolas, riberas, vida de mar y pescadores.
Si en las antiguas cántigas los hombres solían dar voz a los marineros, Andrade —como otras intérpretes y compositoras en portugués: Adriana Calcanhotto, Lura, Sara Tavares, Mariza, Cesaria Évora, Amália Rodrigues— introduce los registros femeninos a un cante con toques de samba y morna, un genuino derivado del fado de los esclavos caboverdianos. Sin dejar de lado el sentido festivo, en sus letras, Andrade navega sin nacionalidad entre cadentes imágenes de impotencias y vivencias barriales, como en el caso del track “Comme s’il en pleuvait”, una anécdota en sepia de una vagabunda en Francia.
Muchas veces me he preguntado si en verdad el fado es sólo una música de tristezas y lamento. Ante los ritmos de esclavos, el gis de la añoranza también puede ser jovial, y, como dice el músico que en un futuro próximo se reseñará [pista], “uno no obedece a impulsos nostálgicos, más que en momentos de depresión"; así que la respuesta deambula, quizá, entre espectros, pues el lenguaje de las constantes nunca es estático, mucho menos cuando destila sal: [suspiro] el mar, el mar. Además, las nuevas generaciones han refrescado la poética de este género.
A los 23 años, la inteligencia, belleza y talento de Andrade (ya premiada por la BBC, entre otros medios) impactan por su sensibilidad para cantarle al día a día de las dificultades de la vida, sobre todo cuando se ha tenido que partir de la tierra donde se ha nacido: esa es la morna. Si quieren sentir la otra cara del desasosiego, aborden Navega.
Me dispongo a escribir parte de un texto que llevo postergando por meses… ese documento que significa el cierre de un ciclo más en mi vida. Mientras, decido acompañar la experiencia con “Hymn to the Immortal Wind”, nuevo lanzamiento de una de las bandas que mejor mezclan energía y sensibilidad: los japoneses de Mono. Le doy play y empieza la confrontación con la hoja en blanco… (y también con este post) ¿Quién ganará?
Me encuentro ante un espacio cálido… y cautivador. Empiezan las notas, sutiles melodías que surgen de la distorsión para envolverme mientras lentamente se descifran tintineos oníricos. Las guitarras como siempre desgarran lentamente mis entrañas, casi de la misma forma que el Maldoror de Lautreamont lo hace con sus víctimas… de una forma cariñosa y reconfortante. Las percusiones retumban en mi mente… no sé si están ocurriendo o aumentó el volumen de mis latidos mientras las cuerdas me llevan a mundos lejanos de memorias heredadas… nunca vividas pero si reconocibles.
La música juega con mi inconsciente… y tan solo han pasado los primeros cinco minutos, minutos que se vuelven atemporales entre texturas y sensaciones; entre emociones y recuerdos que hipnotizan. El disco me ha envuelto y mi mente forma unidad con el nuevo regalo de Mono.
Abro los ojos y el disco ha terminado… de forma gloriosa como una fanfarria para el fin del mundo. Algunos dicen que la sensibilidad de los japoneses proviene de ser los únicos que han sobrevivido a bombas atómicas… de ser el extremo más oriental; el ‘otro’ tan ajeno incluso para ‘los demás’. Experiencias esquizoides plasmadas sólo a través de una descripción: la más pura y sensible belleza a partir del caos… de la decadencia… del lado más oscuro del corazón.
Pero la música de Mono, aunque reflejara todo esto, cala por ser una sensibilidad casi inocente. Completamente universal para el ser humano. Aquel sonido que escuchamos cuando rompen nuestro corazón, cuando contemplamos el vacío que se hace en el tiempo cuando admiramos la perfección en la naturaleza, cuando reímos, lloramos y sentimos todo aquello que nos hace ser seres vivos. Es justo ahí donde Mono nos atrapa, aquel rincón íntimo, cálido y conocido que de manera casi de complicidad sólo cada uno de nosotros reconoce en el interior de la mente. Aquel momento en el que la mente genera ecos del presente, pasado y futuro y se convierte en energía en armonía con el entorno… en ese momento es cuando se concreta Hymn to the Immortal Wind en cada nota que tiene la duración exacta para sentir un vacío que nos recuerda estar vivos… frágiles… sensibles.
Y al final sólo queda el silencio.
Ahora ha dado tres vueltas el disco y aquella hoja sigue en blanco. Pero no importa… ya no soy el mismo.
MONO - FOLLOW THE MAP
Alguna vez leí que la piratería afectaba la energía de los astros... por eso aquí decimos NO a la piratería! ;-P
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Empecemos como se dice vulgarmente: por el principio. Cuatro integrantes de Manchester, momento, no piensen en ese Manchester que destaca en lo artístico y financiero, es más ese lado escondido chacalón, trashy, “under” pues; podría sonar pretencioso, ya sé, pero es el mismo DannySaville (máquinas y ruiditos) quien describe así la zona de donde salió esta fusión de guitarras ligando maquinitas con todo el sonido inglés que puedan imaginar.
Sin preocuparse por armar composiciones sorprendentes con giros que nos arrebataran ni liricas complicadas que podrían enamorar a una quinceañera a la mitad de su vals, TheWhip nos trae un disco que no sirve para clavarnos en si somos los chavos más alternativos o los más locos, nooooseñorseñoritaniñoniña; los 10 tracks de X-MarksDestinationestán hechos con una finalidad: ponernos a brincar por todos lados, casi como si nos dejaran pasar un día entero en la mansión Playboy sin restricciones ( o el vestidor del Manchester United para las señoritas que hagan el favor de leer esto) y adivinen que, si funciona.
Han participado en compilaciones de Kitzune, han remixeado y han sido remixeados, ahora espero yo, que después de que nos pusieron a bailar, no nos dejen sólo con este pedazo de la fiesta que ya empezaron.
TheWhip / X MarksDestination, SouthernFriedRecords (así es, la casa disquera de FatboySlim)